No sé qué estaría pensando ella, pero yo recordaba los años que habíamos vivido juntos, sin estar juntos nunca y todo lo que había desperdiciado en esos años; nos habíamos desperdiciado el uno al otro y habíamos desperdiciado el amor, que es el desperdicio más imperdonable de todo. Amor y tiempo son las únicas dos cosas en el mundo que no se pueden comprar, sólo gastar.

– Azteca. Gary Jennings

Metí (Maguey)

Pienso que lo mejor que puedo hacer para que usted vea y aprecie el amor de ella, es compararlo con la planta que nosotros llamamos metí, aunque por supuesto, el metí no es tan bello como ella era y no ama, ni habla, ni ríe.

El metí, Su Ilustrísima, es la planta del tamaño de un hombre, verde o azul, que ustedes nos han enseñado a llamar maguey. Bienhechor, generoso y aun bello de mirar, el maguey es el vegetal más útil que crece en cualquier parte. Sus hojas largas y curvas se pueden cortar y colocarse de tal manera extendidas, que pueden formar el techo de una casa, protegiéndola contra la lluvia. O las hojas se pueden golpear hasta hacerlas pulpa y prensadas y secas convertirse en papel. O las fibras de sus hojas ser separadas y torcerse para dar forma a cualquier tipo de cordón, desde cuerda hasta hilo, y éste se puede tejer para hacer una tela ruda, pero útil. Las duras y aguzadas espinas que están en los bordes de las hojas, pueden servir como agujas, alfileres o clavos. Éstas sirven a nuestros sacerdotes como instrumento de tortura, mutilación y automortificación.

Sus raíces, que crecen casi al ras de la tierra, son blancas y suaves, y se pueden cocinar para hacer un dulce delicioso. O se pueden poner a secar, y sirven para alimentar un fuego sin que eche humo, y las cenizas blancas que quedan son usadas para todo, desde alisar papel de corteza hasta hacer jabón. Si se corta la hoja del maguey por el centro, se puede hacer un hoyo hasta su corazón para extraerse una savia clara. Ésta es una bebida sabrosa y nutritiva. Embarrada sobre la piel, previene arrugas, salpullidos y la deja sin defectos; nuestras mujeres lo usan mucho para eso. Nuestros hombres prefieren dejar fermentar el jugo del maguey hasta convertirse en el emborrachador octli, o pulque, como ustedes lo llaman. Nuestros niños lo prefieren cocido hasta convertirse en un jarabe, que llega a ser tan pesado y dulce como la miel.

Para acabar, el maguey ofrece cada una de las partes y partículas de su ser, para el bien de nosotros que lo hacemos crecer y lo cuidamos.

Hace algún tiempo, mis señores frailes, yo traté de describir al amor de ella, comparándolo con la generosa y útil planta del maguey, pero hay algo que se me olvidó decirles acerca de él. Una vez en su vida, sólo una, le crece una simple vara cubierta totalmente de flores amarillas de dulce fragancia y luego el maguey muere.